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Un humedal

Le pregunté -¿qué aporto a tu vida?- Y no supo responder, porque no se trataba de algo material, todo era sutil.

Se trataba de apagar los incendios al conectarle con su respiración. Explorar los puntos de tensión donde se acumulaban las frustraciones y los miedos. Despertar aquello dormido o herido con palabras, miradas, abrazos e infinitos besos. Conectar con su energía para construir un espacio de confianza, tranquilidad y seguridad.

Eso era lo único que hacía, sólo prestaba servicios ecosistémicos, transformaba su energía como si fuera un árbol, le purificaba como si fuera un humedal. Y como bien sabemos, en una sociedad donde el tiempo vale oro y el oro vale más que el agua, ese tiempo de transformación aportaba “nada”.

Sin embargo, siempre pude agradecer el descubrir que ya no era un árbol, que me había convertido en un humedal; mi capacidad de amar y transformar se había expandido.

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